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LEYENDAS DEL DEPARTAMENTO DE CHOLUTECA
 
El Cerro del Sargento

Se refería en tiempos pretéritos que de un ejercito que pernoctó en el caserío de la Ermita, aldea de San Juan, se desertó un Sargento, el cual se internó en el entonces Cerro Grande, situado entre las aldeas de San Juan y El Apintal, por lo que fue imposible encontrarlo, máxime que el cerro era una especie de montaña inexplotable.
Al terminar la guerra que motivaba la movilización de aquel ejercito, con alguna frecuencia oían los vecinos de las planadas inmediatas, es decir del pie de dicho cerro, toques semejantes al de la corneta, recorriendo la cima del cerro, y que dichos toques los producían en tubos de apinte, arbusto hueco que abunda en El Apintal. Nadie veía al misterioso militar, pero oían los toques y sabían que clase de instrumento usaba. Mucho tiempo inexplorado el cerro pero por una de las faldas transitaba la gente de día, no atreviéndose a hacerlo de noche, pues corría pavorosamente de boca en boca, la leyenda del desertor que legara al Cerro Grande el sobrenombre de El Sargento.

El Cerro del Silvestre

También en pretéritos tiempos casi no había quien ignorase que un campesino llamado Silvestre, acompañado de otros varios campistas y numerosos perros, saliesen montados, en adiestrados caballos, a darle caza a un enorme toro negro que no habían podido reducir al corral, pues apenas llegaba con los demás ganados a inmediaciones de la hacienda, previos formidables validos, se alejaba, internándose en las inexploradas selvas de un cerro sumamente elevado.
Iniciada la cacería llegaron a la pendiente más accesible del cerro, dispersándose convenientemente los campistas con sus respectivos perros en busca del misterioso animal; el primero que lo vio fue Silvestre, quién emprendió, con su jauría, veloz carrera tras el toro con ánimo de tirarle la soga, pero era tal la velocidad y fuerza del animal que en la carrera derribaba los árboles que interceptaban el paso a sus perseguidores, pero a los gritos de Silvestre: ¡Allí va el toro! ¡Allí Vaaaa! Acudieron los demás campistas y con los ladridos de los numerosos perros, el cornúpeto se vio acostado en extremo arrojándose finalmente a un abismo.
Tras el toro se arrojó Silvestre con su cabalgadura y tras él sus perros, ladrando desesperadamente. Los otros campistas al llegar al borde del abismo se detuvieron aterrorizados. Una vez repuestos determinaron descender en busca de los restos de su desventurado compañero, pero inútilmente, pues no encontraron ni los de Silvestre, ni los de su cabalgadura, ni los de sus perros, si los del toro. Sin embargo, durante largos años y en los días inmediatos al aniversario de aquel tétrico suceso, se oía el ruido del tronchar de los árboles, ladrar de los perros y la formidable voz de Silvestre que, al correr de su caballo, gritaba: ¡Allí vaaaaaaaaaaaa!
Asegura la leyenda que el desgraciado Silvestre, aunque campesino, tenía ideas y prácticas ajenas, al común sentir de las piadosas gentes de aquellos tiempos, y que premeditadamente, escogió un día festivo para la empresa, a la cual se negaban sus subordinados a acompañarle, pero que como mandador de la hacienda los obligó.

Poza Bruja

En la quebrada llamada San Juan, a inmediaciones de la ciudad, existe una pequeña poza, antes muy fresca y oscura por estar no sólo rodeada sino cubierta de espesa arboleada.
Su baño era muy apetecido, no obstante correrse el peligro de que al ir sola una persona no regresaba, porque una mujer de aspecto repulsivo aparecía y cautivándola con miles artificios se la llevaba al fondo de la poza, de donde no volvía a salir.
Cuando alguna persona se atrevía a ir al baño sólo con un niño, la bruja se daba maña, para que con buenas maneras llegase el niño a sus brazos, y entonces se zambullía con la infeliz criatura la cual no volvía a aparecer; pero si la bruja cuando necesitaba nuevas presas.
Yendo dos adultos o más se nulificaba el peligro.
Muy inmediato a la poza existía un camino real que conducía a la aldea de El Apintal; pues bien: por la tarde, después de del Angelus, nadie pasaba por ese camino si no iba acompañado.
La leyenda agregaba que solamente eran victimas de la bruja los niños cuyos padres se descuidaban en hacerles la señal de la cruz, esto es persignarlos.
Ante tal premisa cabe preguntar: ¿Cuántas brujas estarán esparcidas en los actuales tiempos, desde los palacios de los poderosos hasta las desmanteladas chozas de ciertas gentes que gracias se preocupan por suministrar a sus hijos el pan material, y de ninguna manera el intelectual y mucho menos el espiritual? Parece que hoy ya no es necesario ir a la Poza Bruja –ya no se cuentan los episodios de ella sino que las brujas modernas convicen amigablemente en muchos hogares.

La poza del baúl

Como si no fuesen suficientes las mal forjadas fantasías anteriores, sumaremos la siguiente: En la aldea de El Espinal, caserío de El Agua Tibia, en una poza del río San Juan, todos los años por la cuaresma aparecía flotando un enorme cofre, que se zambullía lentamente, desapareciendo el fenómeno al terminar la cuaresma.
Los anales no dicen que hubiese algún valiente que se atraviese a emprender la peligrosa hazaña de lanzarse a darle caza al cofre encantado que dejaron los piratas relucientes de oro y perlas, se hubiera trasladado a la poza de referencia a el cofre de la leyenda pespirense.
El río Sacamil

Este, propiamente, no es más que un paso del río San Juan, sumamente pedregoso, con grandes rocas en la parte inferior del paso, por lo que es muy peligroso cuando apenas ha crecido un poco.
En un tiempo, del cual no precisa la fecha, entre tantos que por allí pasan acertó a pasar un hombre muy rico con sus cargas de dinero, para hacer sus compras en la renombrada feria de la ciudad de Chaparrastique. El río no debe haberse mostrado satisfecho de quién con alguna frecuencia partía sus aguas conduciendo rica carga sin que le indemnizara algo, y hete aquí que hizo volcar, ni más ni menos, que la fornida mula que montaba nuestro héroe,dando por resultado que maleta, alforjas y montura desaparecieron en el fondo de las aguas, dándose por muy felices, el jinete y su cabalgadura, de haber llegado a la orilla opuesta. En el trágico baño perdió nuestro hombre la suma de mil pesos plata que llevaba en sus alforjas.
Cuantos individuos nadadores sabían lo acaecido, apenas descendían las aguas corrientes, se lanzaban en busca de los consabidos mil pesos, pero con tan mala suerte que apenas se arrojaban al río empezaban a oír infinidad de monedas dentro del agua, que se revolvían y chocaban contra las rocas aumentando, a cada momento, en intensidad, el argentino ruido alrededor de ellos sin poder nunca extraer una moneda, no obstante ver cómo huían y volvían.

 
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